Joël Dicker: “No es fácil encontrar tu lugar en un mundo en el que todos van metiendo el codo

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Dicen de él que escribe como John Irving y vende como Stieg Larsson. El escritor de moda colecciona premios, elogios y lectores con su sexta novela, ‘La verdad sobre el caso Harry Quebert’

Entusiasmó a los críticos y consiguió tres premios de los grandes: el Goncourt des Lycéens, el Lire y el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa. Enloqueció a los editores de la Feria del Libro de Frankfurt: todos querían hacerse con los derechos de su novela. Después llovieron los lectores: ya son cerca de un millón solo en Francia. A Joël Dicker (Suiza, 1985) la vida le sonríe de oreja a oreja. Es joven, es guapo, prestigioso, triunfador en ventas.

Lo ha conseguido con su sexta novela, ‘La verdad sobre el caso Harry Quebert’ (Alfaguara), la historia de Marcus Goldman, un escritor que recurre a su maestro, Harry Quebert, cuando el bloqueo le paraliza; la historia también de un asesinato, el de una quinceañera que aparece enterrada en el jardín de Quebert; y la historia de los habitantes de un pueblecito de New Hampshire con aromas de ‘Twin Peaks’. Las casi 700 páginas de ‘La verdad sobre el caso Harry Quebert’ esconden secretos que se enredan y sorprendentes quiebros en la trama. Dicker ha conseguido, dicen entusiasmados los críticos, crear la misma adicción en los lectores que Stieg Larsson y ganarse, además, su admiración. Porque Dicker no es E. L. James, la madre de las sombras de Grey: a él se le considera un buen escritor. “Me ha pasado algo muy raro: he tenido éxito de crítica y de público”, comenta el escritor de ojos claros durante su encuentro con ‘Dominical’. Es un tipo atractivo, sonriente, atlético (es corredor habitual); no parece que el éxito le haya trastornado, de momento, y es posible que eso no suceda porque su situación es curiosamente muy similar a la de su protagonista, Marcus Goldman: una novela ha convertido a ambos en ricos, famosos y prestigiosos.

El éxito es uno de los muchos asuntos de los que habla ‘La verdad sobre el caso Harry Quebert’. “Lo más importante es saber caer”, le dice el viejo maestro a Goldman. “En cierto momento caeremos y habrá que levantarse”, comenta Joël Dicker. “El libro funciona hoy, mañana ya veremos; y también veremos qué pasa con el próximo libro”. Es consciente de que en su triunfo también ha metido la mano la diosa fortuna: cree que su suerte ha sido encontrar a las personas adecuadas en el momento adecuado. En su caso, la buena ventura vino con Vladimir Dimitrijevic, el editor suizo que publicó su novela anterior, L’age d’homme, y que después le recomendó a un veterano de la edición en Francia, Bernard de Fallois. Es otra coincidencia con su novela: Marcus tiene a Harry como mentor; Dicker tiene a De Fallois. Y a los académicos franceses, con los que dice sentirse muy a gusto.

Vocación de aprendiz

Hay en Joël Dicker cierta vocación de aprendiz, una inquietud añorante de nieto que admira a sus mayores: “Me gusta la idea del ciclo, de la transmisión”, cuenta. A él, el amor por los libros se lo inculcaron en casa: su madre es librera y su padre profesor, y también ha sido importante la relación con un tío abuelo. Está convencido de que el haberse criado con dos generaciones por encima ha sido otra de sus suertes. Quizás de ahí provenga su preferencia por los veteranos.

Cuando le preguntamos por la acogida que le han brindado en el mundillo literario, por sus respuestas se deduce que se siente más cercano a escritores mayores que a los de su generación: “He establecido buenos lazos con los autores que son grandes vendedores porque soy joven. No les hago sombra y tienen consejos que darme. Es con los que mejor me entiendo”, dice. Y respecto a los respetables académicos, le parece que el hecho de que le hayan premiado a él es un síntoma de aliento a los escritores de su generación: “Están diciendo: ‘Escribid porque queremos leeros y os tenemos en cuenta’. A mí me dicen con su galardón: ‘Lo has hecho bien, chaval’, pero hay que seguir trabajando, porque está todo por hacer”.

“Es mucho más probable no tener lectores que tenerlos”

Así lo entiende el hombre de los premios y los halagos, un autor que parece modesto, que presume de admiración por Romain Gary y que confiesa que prefiere que le comparen con Philip Roth a vender diez millones de libros. Se sabe un recién llegado al olimpo de las letras y se asombra de su visibilidad: “Es mucho más probable no tener lectores que tenerlos. En Francia se publican 15.000 títulos cada año solo en francés. Si alguien lee un libro a la semana durante un año, que no está nada mal, leería 52 de esos 15.000”, explica. Una vez que uno es visible, si la obra gusta, las probabilidades de multiplicar el éxito se disparan con la atención de los medios de comunicación y entonces el mérito literario puede desvanecerse. Es la sempiterna disyuntiva entre calidad y cantidad. Joël Dicker reconoce que no es justo que frente a él se arremolinen los lectores pidiendo autógrafos cuando acaba de aparecer en un programa estrella de la televisión, mientras que a su lado un autor de gran talla languidezca por falta de admiradores.

Al mismo tiempo, acepta que “no es fácil encontrar tu lugar en un mundo donde todos van metiendo el codo”. Se refiere a la acogida que le han brindado sus colegas escritores. Hay celos, reconoce, pero no le parece mal: “Es el arte del juego, de la competición, y en cierto modo es bueno tener celos (si no te pierden) porque eso significa que tienes ambición”. Él la tiene, desde luego. Ya está enrolado en un nuevo libro del que no suelta prenda. ¿Le sucede como a Marcus Goldman, se siente aplastado por la presión de un primer éxito? En absoluto, responde. Él no siente la presión mientras escribe, pero esta cae con todo su tonelaje en el momento de presentar el libro al público. Cree que está preparado para ese momento (si llega); le ha aleccionado el maestro Quebert con su filosófico consejo: “Lo importante es saber caer”. Si es que se cae.

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