GILLIAN FLYNN (Las mujeres son violentadas)

QUELEER: http://www.que-leer.com/21143/gillian-flynn.html

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Él dijo, ella dijo, él volvió a decir… es la encrucijada habitual de cada matrimonio. En “Perdida” (Mondadori / La Magrana), no obstante, la escritora de Missouri ha ido un paso más allá. ¿Mató Nick Dunne a su esposa Amy en la mañana de su quinto aniversario de boda? Puesto que se trata del “thriller” psicológico más fascinante de los últimos tiempos, les recomendamos que no se fíen de nadie. Ni siquiera del firmante de este artículo. texto MILO J. KRMPOTIC’ foto DANA ROSSINI

A los 7 años, es de suponer que entre episodios de los Muppets y alguna reposición de La familia Brady, Gillian Flynn vio por vez primera Psicosis, cortesía de un padre que impartía clases de cine y que debía defenderse mejor desde la teoría fílmica que ejerciendo la más elemental pedagogía. El caso es que la pequeña y pizpireta muchacha se obsesionó con el sangriento clásico de Hitchcock, imitó ante el espejo “millones de veces” la torcida expresión de Anthony Perkins en el plano final de la película, y no tardó demasiado en buscar ecos literarios para aquella morbosa fascinación en la sección de misterio de la biblioteca local, donde devoró las obras completas de Agatha Christie. Sumamos así dos referentes criminales y británicos en la formación de una escritora tan dispuesta a descolocarnos como su lugar de origen: Kansas City, la ciudad de las más de doscientas fuentes, que no pertenece al estado de Kansas y sí al vecino Missouri. Luego, durante la adolescencia y los años de universidad, irían llegando Stephen King, Joyce Carol Oates, Thomas Harris… Maestros del escalofrío, creadores de perturbadores retratos psicológicos, sin duda. Pero la doblez de que han acabado haciendo gala los personajes de Flynn nos remite al otro lado del charco. O, por lo menos, tal y como ha observado algún avispado crítico, a la más europea de las autoras norteamericanas de género negro: Patricia Highsmith.

Sentado lo cual, regresemos brevemente al clan Brady. Porque Flynn asegura haber tenido una infancia feliz, tanto en términos familiares como académicos, y ese amable costumbrismo norteamericano de esposas que hornean pasteles, de maridos que salen a beberse una cerveza al porche mientras el sol se pone tras las Montañas Rocosas, ha acabado constituyendo un elemento primordial de la ecuación. Porque toda casa familiar ineludiblemente alberga sus rincones oscuros, si no una buena colección de esqueletos en cada uno de sus armarios. ¿Y qué mejor testigo de todo ello que ese televisor permanentemente encendido en el corazón de la sala de estar?

Nada más ingresar en la nómina redactora de Entertainment Weekly, Flynn fue enviada a cubrir rodajes como el de El Señor de los Anillos, en la siempre lejana Nueva Zelanda, pero acabó encontrando su nicho precisamente como crítica catódica de la revista. Si bien hoy día se declara obsesionada por series como Homeland y 30 Rock (esto es, un señor thriller psicológico y una de las sitcoms más absurdamente inteligentes de los últimos años), desde el epílogo a Perdida, Rodrigo Fresán nos invita a olvidarnos de los dichosos Brady aportando un nuevo referente: el show de Jerry Seinfeld y sus monólogos, doblemente acerados en cuanto camuflan su filo bajo una sonrisa desarmante.

Sexo débil, sexo oscuro

Lo mismo que con Nick Dunne, la parte contratante masculina de Perdida; lo mismo, de hecho, que con miles de sus colegas de profesión, la crisis de la prensa escrita dejó a Gillian Flynn sin trabajo. A diferencia de Dunne y de miles de sus colegas de profesión, no obstante, Flynn tenía los deberes hechos y el despido la pilló residiendo ya en Chicago, con una novela publicada y otra a punto de ver la luz.

La primera, Sharp Objects (“Objetos cortantes”), cuenta cómo una periodista del tres al cuarto regresa a su Missouri natal para cubrir el asesinato de dos preadolescentes, lo que la obliga a lidiar con una madre neurótica y con su propia tendencia a la automutilación, aquí plasmada en las palabras que suele grabar corte a corte sobre su propia carne (tomen nota: fémina perturbada número uno).

Uno no se puede fiar de las heroínas de Flynn ni cuando le hablan desde ultratumba.

Dark Places (“Lugares oscuros”), por su parte, escarba en las dudas que afectan a una treintañera veinticinco años después del asesinato de su madre y hermanas en la granja familiar de Kansas: ¿y si el responsable de la masacre no hubiera sido su hermano, tal y como ella misma aseguró ante la policía? La respuesta es tan evidente como bífida: ese hermano lleva dos décadas largas encerrado injustamente y el criminal continúa suelto, quién sabe si dispuesto a cubrir su rastro con nuevas paladas de sangre.

Por un lado, sumamos un segundo personaje femenino tan fiable como una piraña en un bidé. Por otro, los conceptos clave “granja + familia asesinada + Kansas” hacen que nuestro Google mental se apresure a añadir el A sangre fría de Truman Capote a la pira de influencias. Y, por un tercero, aclararemos que, si bien ambos títulos fueron objeto de una calurosa recepción crítica (elogios de Stephen King y Harlan Coben incluidos), haciendo honor al tópico, lo mejor estaba aún por llegar. Y más de dos millones de lectores norteamericanos han dado fe de ello.

Atracción fatal

El matrimonio como ficcion basada en hechos reales. El matrimonio como realidad plagada de pequeñas ficciones. Las mentiras por omision, las verdades excesivamente explicitadas. Las expectativas ajenas, las inseguridades propias y la ristra de frustraciones en que se traducen. Todo ello forma parte de ese tour de force psicológico que es Perdida. ¿Violencia doméstica? No lo saben ustedes bien…

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Missouri, 5 de julio (esto es, el día después de la fiesta grande de las barras y estrellas): Nick y Amy Dunne deberían estar celebrando su quinto aniversario de boda. Sucede que su matrimonio lleva dos años sumido en una crisis paralela a la que les ha hecho perder el trabajo, los ahorros y su vida de ensueño en la Gran Manzana. Pero, sobre todo, sucede que ella ha desaparecido. Señales de lucha en el salón, rastros de sangre en la cocina (¡maldito Luminol!). ¿Están pensando lo que yo? El culpable suele ser el marido… más que más cuando no había comprado el preceptivo regalo ni había reservado mesa para la correspondiente cena romántica. Nick es un tipo atractivo, con problemas de dinero y demasiados trapos sucios como para salir bien parado de una situación tan comprometida. Los capítulos que lo tienen como narrador nos lo recuerdan constantemente; los procedentes del diario íntimo de Amy, llenos de amor, no hacen más que anudar la soga en torno a su cuello. Él dice, pero ella había dicho… Y, en lo que a los Estados Unidos respecta, la verdad se basa menos en los hechos que en el capricho de la opinión pública. Quien controle la información tendrá mucho ganado. Y nadie maneja sus palabras y silencios mejor que una mujer, por más que estos procedan de ultratumba.

Regresemos brevemente a Gillian Flynn, a su infancia, que hace nada catalogábamos de feliz. No mentíamos, ella misma la ha definido así. Pero nos faltaba añadir otro adjetivo: “turbia”. Como la de tantos hijos de vecino, claro: ella era la niña que disfrutaba alimentando a las arañas del lugar con hormigas vivas, que simulaba maltratar a sus primos e impedía que pidieran auxilio a través de un teléfono de juguete, que se iniciaba en los misterios de la carne zapeando por las películas de porno blando que emitían los canales de cable… Ya en la adolescencia, no obstante, echó a faltar ese “vocabulario para el sexo y la violencia” que sí aparecía en las conversaciones de los chicos, habida cuenta especialmente que “algunas de las relaciones más perturbadoras y enfermas que he testimoniado tuvieron como protagonistas a amigas del alma o madres e hijas”. Su obra, a la sazón, no hace más que rellenar ese vacío. Quedan avisados, pues. n

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