Escritores tras la máscara: el seudónimo vuelve a las librerías

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El disfraz se ha vuelto a poner de moda. Nada más gratificante que adoptar por un momento la personalidad de otra persona y olvidarse temporalmente de las responsabilidades. Ver cómo la gente te trata diferente mientras mantienes el anonimato debajo de la máscara. Que se lo digan a los escritores que, durante la historia, han creado nombres y personajes para publicar sus historias alejados de la mirada de la crítica y el público.

La última en esconderse tras la máscara del seudónimo ha sido J.K Rowling. La escritora de Harry Potter ha confesado ser la pluma que se encontraba detrás de la novela The Cuckoo’s calling (El canto del cuco), firmada bajo el nombre de Robert Galbraith. La autora ha reconocido que decidió utilizar esta falsa identidad para huir de la presión que había sentido al publicar las últimas entregas de la saga de Potter y, principalmente, su primera novela fuera de Hogwarths, The Casual Vacancy, con la que obtuvo un gran éxito de ventas pero unas críticas bastante tibias.

Puede que Rowling, también haya querido poner a prueba a la prensa especializada y ver cómo reaccionaban ante su obra sin verse influenciados por la firma impresa en la tapa del libro. Su experimento ha sido bastante satisfactorio, ya que las impresiones hacia la obra han sido muy positivas. Peter James no dudó en afirmar que Galbraith era un gran talento, como también destacaron The times y Daily Mail.

J.K Rowling ha confesado que le hubiera gustado disfrutar un poco más de esta experiencia que ha calificado como liberadora. Sin embargo The Sunday Times desveló el secreto sobre la doble identidad de la autora. La trama de The cuckoo’s calling gira en torno a la muerte de una modelo y el investigador del caso, un veterano de guerra contratado por el hermano de la víctima. La novela utilizó la identidad de Robert Galbraith (aunque anunciaba que se trataba de un seudónimo) a la vez que le daba una biografía falsa que acompañaba el libro. Galbraith era un señor casado y con dos hijos que había servido en el grupo de investigaciones policiales y en la Royal Military Police, además de haber trabajado en seguridad privada. Hechos de su “ficticia vida” que había utilizado para concebir su primera novela.

Mujeres bajo seudónimo

El caso de J.K Rowling hace recordar a otras mujeres de la historia de la literatura que se escondieron bajo otro nombre para publicar sus obras. Si alguien cita a Currer, Ellis y Acton Bell nadie sabrá a quiénes nos referimos. Sin embargo si hablamos de Charlotte, Emily y Anne Bronte inmediatamente pensará en obras como Cumbres Borrascosas o Jane Eyre. Estas talentosas hermanas comenzaron sus creaciones bajo el seudónimo de los hermanos Bell (que compartían iniciales de nombre con ellas) en 1845, cuando decidieron publicar un libro de poesías con el título de Poemas por Currer, Ellis y Acton Bell. Tras esta primera publicación cada hermana se dedica a escribir por su propia cuenta, aunque siguen utilizando estos seudónimos hasta la visita de Charlotte y Anne a Londres donde se presentan realmente a sus editores.

En el caso de las hermanas Bronte el seudónimo fue utilizado como forma de escapar a los prejuicios existentes en las editoriales y la sociedad sobre las mujeres, que tenían muy difícil el que alguien publicara sus obras.

En la literatura española también han existido mujeres que tuvieron que recurrir a nombres falsos para conseguir que sus obras fueran publicadas. Este fue el caso de Cecilia Böhl de Faber, más conocida como Fernán Caballero (seudónimo que crea basándose en el nombre de una localidad de Ciudad Real). La autora de obras como La gaviota o Lágrimas nació en Suiza en 1796, aunque desarrolla su carrera desde nuestro país. Siempre destacó por sus ideas conservadoras que le hicieron reconocer que la literatura era cosa de hombres, motivo por el que rechazó la Cruz de Leopoldo del gobierno belga alegando que ella era una señora y no un hombre.

Otras escritoras decidieron utilizar una falsa identidad para probar como funcionaba el mundo de las editoriales respecto a los autores nóveles. Es el caso de Doris Lessing, autora de El cuaderno dorado y premio Nobel, que en 1984 decidió intentar publicar dos novelas Si la vejez pudiera y Los diarios de Jane Somers, bajo el seudónimo de Jane Somers. La escritora no tenía nada que demostrar sobre su habilidad narrativa, pero quiso divertirse un poco a costa de sus propios editores, que rechazaron sin dudar los originales. Finalmente Lessing consiguió publicarlos, aunque fueron completamente ignorados por la prensa. Más tarde la propia autora reconoció su autoría y declaró haberse divertido con lo que calificó de broma aleccionadora. Además dejó un mensaje claro para las editoriales “Quería demostrarles que a veces ese rechazo no tiene nada que ver con la calidad del libro ni con el talento der autor, sino que responde a un mecanismo automático. Como no tienen un nombre conocido, nadie les hace caso”.

A Mary Westmacott por su parte sí que le publicaron seis libros entre 1930 y 1956, todas ellos de corte romántico como Un amor sin nombre, Una hija es una hija, Lejos de ti esta primavera… Títulos más cercanos a la novela rosa y que no tienen nada que ver con otros que escribió la misma autora, como Diez Negritos o La ratonera. Y es que la reina del suspense, la gran Agatha Christie tenía su lado dulce. Sin embargo nunca quiso que esta faceta suya pudiera empañar su nombre como autora de misterio, por lo que decidió crear la identidad falsa de Westmacott para poder dar rienda suelta a su creatividad.

Otras facetas secretas de autoras reconocidas no son tan inocentes como la de Christie, y si no que se lo pregunten a Anne Rice, bueno o a A. N. Roquelaure, el nombre que adoptó para sacar al mercado su trilogía erótica que revisitaba el mito de la bella durmiente bajo esta “dulce” sinopsis: “Tras cien años de sueño profundo, la Bella Durmiente abrió los ojos al recibir el beso del príncipe. Se despertó completamente desnuda y sometida en cuerpo y alma a la voluntad de su libertador, el príncipe, quien la reclamó de inmediato como esclava y la trasladó a su reino…”.

También los hombres

No sólo las mujeres han recurrido al seudónimo a lo largo de la historia. En la mente de todos se encuentran los nombres de Azorín, Clarín o Voltaire que han pasado a la posteridad siendo conocidos por su identidad literaria. Sin embargo existen casos más curiosos.

Siempre se ha pensado en los seudónimos como medio para poder escapar de la censura, como forma de ser más libres a la hora de escribir y huir del ojo de la crítica, o como herramienta para que una mujer pudiera escapar de las limitaciones de la sociedad… Pero existen otras razones, por ejemplo el no querer saturar el mercado con libros escritos bajo un mismo nombre por miedo a que el público no lo pudiera similar. Este es el caso de Stephen King, que en los años 70 y bajo indicación de su editor decidió publicar seis novelas bajo el nombre de Richard Bachman. Una vez se descubrió el verdadero nombre bajo la máscara (debido a las dedicatorias de los libros y a los formularios del registro de propiedad a nombre de King) el autor decidió matar a su alter ego al que incluso organizó un entierro falso y consiguió publicar una novela póstuma con su seudónimo.

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Otro caso curioso se ha vivido en la literatura española el año pasado. El primer premio en la última edición del Premio Planeta recayó en Lorenzo Silva por su novela La marca del meridiano. Cuando se anunció el ganador se dijo el nombre de Silva, pero él presentó la novela a “concurso” bajo el seudónimo de Bernie Ohls. Hasta aquí nada fuera de lo común, ya que es una práctica habitual en los Planeta. Lo gracioso del caso es que su obra era una nueva aventura de los sargentos Bevilacqua y Chamorro, personajes unidos a la obra del autor. Por lo que todo el mundo en cuanto leyera su nombre iba a saber quién había escrito la novela. Silva argumentó después que con el seudónimo no pretendía ocultarse del jurado, sino del público para que si su nombre entraba en las quinielas pero finalmente no resultaba ganador la gente no estuviera pendiente de él.

Rowling no ha tenido tanta suerte con su novela y, al menos de momento, no ha recibido ningún premio por su canto del cuco, pero sin duda ha logrado que, gracias a su disfraz de Robert Galbraith la gente vuelva a hablar de ella y hayan convertido su libro en un nuevo best seller.

 

 

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