El oscuro invierno

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El sargento McAvoy, un fornido policía de la ciudad portuaría de Hull (East Yorkshire) que es mirado con recelo por el resto de sus compañeros debido a su inquebrantable sentido del deber, se tendrá que enfrentar a una serie de crímenes sin conexión aparente. ‘El oscuro invierno’ (Siruela) supone el debut literario de David Mark (Carlisle, 1977) tras más de 15 años de experiencia como periodista, siete de ellos en la sección de sucesos del diario The Yorkshire Post en el propio Hull. Este libro será el primero de una saga protagonizada por el sargento McAvoy. La segunda entrega, titulada ‘Original Skin’, se publicará este mismo año en el Reino Unido.

Aquí puede leer el prólogo de ‘El oscuro invierno’ de David Mark.


La cualidad de la compasión no es forzada,
Cae como la suave lluvia del cielo
Sobre la tierra que hay debajo. Es doblemente bendita:
Bendice a quien la da y a quien la recibe.

William Shakespeare, El mercader de Venecia

Prólogo

El anciano alza la vista y por un instante es como si estuviera mirando por el extremo equivocado de un telescopio. La periodista está a cuarenta años de distancia.

-¿Señor Stein? -dice apoyando una mano tierna y cálida sobre su rodilla huesuda-. ¿Podría usted compartir con nosotros sus recuerdos de aquel momento?

Le cuesta un esfuerzo de la voluntad casi físico retornar al presente. Parpadea. Con el miedo propio de los ancianos a perder sus recuerdos se dice a sí mismo que debe ponerlos en orden.

«Todavía estás aquí», piensa. «Sigues vivo.»

-¿Señor Stein? ¿Fred?

«Estás vivo», se repite. El superpetrolero Carla. A setenta millas de la costa islandesa. Una última entrevista en la cocina del barco, con su tufo a fritanga y a café requemado, su olor a gasóleo y las ráfagas de agua de mar. El rumor sordo y profundo de las voces de hombres sin asear y la lana húmeda.

Tantos recuerdos…

Parpadea otra vez. Se está convirtiendo en un hábito. «Deberían brotar las lágrimas», piensa. Esto merece algunas lágrimas.

Ahora se fija en ella. Sentada hacia delante en una silla de respaldo duro como un yóquey sobre un caballo. Sujetando un micrófono ante él como una niña que le ofreciera un lametón de su pirulí.

Cierra los ojos y el recuerdo le golpea como el embate de una ola.

Por un momento vuelve a ser un hombre joven, al comienzo de un turno de dieciocho horas, poniéndose un jersey apelmazado por la viscosidad y las tripas de los peces. Cuando no está llenándose la barriga de gachas de avena, rodea con las manos una taza de té para calentárselas. Le duelen. Trata de convencerse de que esas manos son suyas. Oye la voz del patrón. La urgencia de sus gritos. Balancea el gancho. Voltea el hacha. Tratando de romper el hielo. Haciendo saltar trozos que te podían atravesar el cráneo si no contabas con unos pies ágiles. Siente que el barco comienza a irse…

-El sonido del viento -dice, y en el bolsillo de su abrigo siente cómo sus dedos hacen el signo de la cruz sobre la superficie suave y sedosa del paquete de Benson & Hedges. Es una vieja costumbre, residuo de su educación católica.

-¿Podría describírnoslo?

-Era como estar en una casa en medio de un páramo pelado -explica cerrando un ojo-. El viento soplaba por todos lados. Aullaba. Rugía. Batía. Era como si fuera a abalanzarse sobre nosotros. Yo vibraba con él. Como uno de esos diapasones. Podía sentir las vibraciones acercarse por la cubierta y estaba paralizado, petrificado en aquel maldito espacio.

La periodista asiente al operador de cámara y le indica que siga filmando. Este amable anciano, con su traje de tienda de beneficencia y su corbata de los Hull Kingston Rovers, vale el dinero que cuesta. Además, considerando la situación, lo está haciendo bastante bien. Soporta el frío y mantiene el equilibrio en el barco mejor que ella. Y su constitución física es también mejor. Ella apenas ha comido desde que tropezaron con ese frente meteorológico, y no ayuda nada que en ese supuesto superpetrolero el único sitio suficientemente amplio para ella, el cámara y el brazo del micrófono sea la cocina grasienta y salpicada de restos de comida. La galera, se corrige a sí misma, con la meticulosidad del periodista.

-Por favor, siga, señor Stein.

-Para ser sinceros, querida, eran las botas -dice el anciano, apartando la mirada-. Las botas de mis compañeros. Podía oírlas en la cubierta. Chirriaban. La goma sonaba sobre la madera. Nunca lo había oído antes. Ocho años en barcos de arrastre y jamás había oído el ruido de esas pisadas. Al menos no por encima del de los motores y generadores. Pero aquella noche lo oí. El viento amainó el tiempo suficiente para que pudiera oírlos correr. O algo parecido. Maldito cabrón. Era como si estuviera acumulando fuerzas para asestar los golpes que aún estaban por llegar. Y allí estaba yo pensando: «Puedo oír sus botas». Y cuarenta años después eso es lo que recuerdo. Sus puñeteras botas. No puedo soportar oírlas ahora. No salgo cuando llueve. Oigo el chirrido de una bota sobre una superficie mojada y se me doblan las rodillas. Ni siquiera puedo pensar en ellas. De eso es de lo que no estaba seguro en este viaje. No son las olas. Ni el mal tiempo. Es la idea de oír el ruido de unas botas de goma sobre una cubierta húmeda y sentir como si aquello nunca hubiera terminado…

La periodista asiente. Caroline. Treinta y tantos. Grandes pendientes de madera y el pelo como el de un chico de nueve años. Nada especial a primera vista, pero segura de sí misma y más lista que el hambre. Maquillaje de presentadora. Acento de Londres y hasta tres anillos, al menos uno caro, en unos dedos cuyas uñas bien arregladas al inicio del viaje comienzan ahora a desconcharse y mostrar parches.

-Entonces arreció de nuevo -dice-. Era como si estuvieras en un cobertizo de hojalata y alguien lo golpeara con una paleta de críquet. Peor que eso. Como estar en la pista de un aeropuerto con cientos de aviones despegando. Las olas comenzaron a embestir contra nosotros. El agua pulverizada se convertía en hielo al contacto con el aire y era como si un millón de agujas te apuñalaran al mismo tiempo. Sentía un dolor insoportable en la cara y las manos. Pensé que las orejas se me iban a incrustar en la cabeza. Estaba entumecido. No podía tenerme en pie. No podía dar un paso en la dirección deseada. Me tambaleaba por la cubierta, me golpeaba. Una maldita bola de pinball, eso es lo que era. Rodando de acá para allá a la espera de que todo acabara. Debí de romperme varios huesos en aquellos momentos, pero no recuerdo que me doliera. Era como si mis sentidos no fueran capaces de asimilarlo todo. Solo había ruido y frío. Y la sensación de que el aire se desgarraba.

«Está contenta», piensa. Le encanta esto. Y él también se siente orgulloso de sí mismo. Hace cuarenta años que no cuenta esa historia sin una pinta de cerveza delante, y la taza de té que agarra con una mano rolliza, sonrosada como el mármol, se le ha quedado fría sin habérsela llevado a los labios ni una sola vez.

-¿Y cuándo se dio la orden de abandonar el barco?

-Es todo muy confuso. Estaba tan oscuro. Nada más chocar con las rocas, las luces se apagaron. ¿Ha visto usted alguna vez la nieve y el agua pulverizada del mar en la oscuridad? Es como estar dentro de un televisor estropeado. Y no te puedes mantener en pie. No hay forma de orientarse…

Se lleva la mano a la mejilla. Atrapa una lágrima. La observa, posada allí sobre un nudillo roto y agrietado. Hace años que no ve sus propias lágrimas. Desde que murió su mujer. Entonces también le habían sorprendido. Después del funeral. Después del velatorio. Después de que todos se hubieran ido y él se quedara recogiendo los platos y tirando las sobras al cubo de la basura. Las lágrimas habían aparecido como si alguien hubiera abierto una compuerta. Las había derramado durante tanto rato que al final acabó riéndose, asombrado de sí mismo, de pie frente al fregadero, imaginando que tenía un grifo en cada uno de los orificios de la nariz: vaciándose del océano que había abandonado por ella.

-Señor Stein…

-Dejémoslo aquí, querida. Hagamos un descanso, ¿de acuerdo? Su voz aún es áspera. Los cigarrillos liados y la cerveza amarga. Pero de repente parece que tiembla. Tiembla dentro de su traje de mangas brillantes y rodillas desgastadas. Y también suda.

Caroline está a punto de protestar. De decirle que es por eso por lo que están allí. Que cualquier muestra de emoción contribuirá a que los espectadores entiendan lo profundamente afectado que está. Pero decide callarse al darse cuenta de que eso sonaría como si le estuviera diciendo a un hombre de sesenta y tres años que llorara como un niño para la cámara.

-Mañana, querida. Después de lo que esté previsto.

-De acuerdo -dice, e indica al cámara que deje de filmar-. Sabe lo que vamos a hacer, ¿no?

-Estoy seguro de que usted me tendrá al tanto.

-Bueno, el capitán ha accedido a concedernos una hora en el lugar donde se hundieron. No será fácil, y las condiciones meteorológicas no van a ayudar, pero tendremos tiempo para la ceremonia. Abríguese, ¿de acuerdo? Tal como dijimos, habrá una sencilla corona y una placa. Le filmaremos junto a la borda cuando pasemos por allí.

-Muy bien, querida -dice, y su voz no parece la misma. Suena como un chirrido. Como la suela de una bota de goma sobre madera mojada.

Siente una opresión repentina en el pecho. Le dedica la mejor sonrisa de anciano venerable que puede esbozar y dice «buenas noches», ignorando las protestas de sus rodillas mientras se levanta de la silla de respaldo duro y da tres pasos inseguros hacia la puerta abierta. Sale con esfuerzo al estrecho corredor y camina, más deprisa de lo que lo ha hecho en muchos años, hacia la cubierta. Un miembro de la tripulación se acerca por el otro lado. Le saluda con una sonrisa y se pega a la pared para dejarle paso. Murmura algo en islandés y le ofrece una mueca burlona, pero Fred no puede sacar fuerzas para recordar un idioma que no habla hace décadas y el ruido que articula al cruzarse con el tipo del mono naranja es poco más que una tos flemosa.

No puede respirar. Le duele un brazo y los hombros.

Entre toses y jadeos avanza a trompicones por la cubierta, como un pez al salir de una red de arrastre, y, cerrando los ojos con fuerza, trata de llenar sus pulmones de un aire helado y turbulento.

La cubierta está desierta. A su espalda se alza la montaña artificial de contenedores que el supercarguero desembarcará dentro de tres días. Al mirar hacia proa ve el fulgor de los pequeños cuadrados amarillos procedentes del puente. Unas lámparas halógenas dibujan círculos de pálida luz sobre la superficie verde y gomosa de la cubierta.

Concentra la mirada en las aguas. Se pregunta qué aspecto tendrán ahora sus compañeros. Si sus esqueletos estarán intactos o la agitación del mar los habrá despedazado y entremezclado. Si las piernas de Georgie Blanchard se habrán trabado con las de Archie Cartwright. La pareja nunca se llevó bien.

Se pregunta cómo estaría su propio cadáver.

Baja la cabeza mientras medita cómo ha desperdiciado cuarenta años regalados.

Se mete la mano en el bolsillo y saca sus cigarrillos. Han pasado muchos años desde la última vez que tuvo que encender una cerilla con un viento de fuerza 5, pero recuerda el arte de proteger la llama con la palma de la mano y aspirar con rapidez el humo del cigarrillo. Apoya la espalda en la regala y mira alrededor intentado serenar sus pensamientos. Contempla la silueta ajironada de la luna, segada bajo una tira de nubes. Observa los rizos blancos sobre el agua negra mientras el carguero surca el mar profundo.

«¿Por qué tú, Fred? ¿Por qué regresaste tú cuando los demás no lo hicieron? ¿Por qué…?»

Fred nunca acaba su pensamiento. Nunca termina el cigarrillo. Nunca consigue arrojar la corona, dejar caer la placa y decir adiós a sus dieciocho compañeros de tripulación que no consiguieron regresar vivos.

Por un momento parece como si el barco hubiera encallado. Es empujado con fuerza hacia delante. Se estrella contra la borda, dándose un golpe que le vacía de aire los pulmones, y una costilla astillada atraviesa la piel de su pecho. La sangre brota de sus labios y se le doblan las piernas. Se desploma hasta caer de rodillas y luego se derrumba sobre el abdomen mientras sus manos se deslizan por la cubierta mojada. La costilla dañada se rompe al impactar contra el suelo y una sangrienta agonía se abre paso en su interior, sacándole de su aturdimiento el tiempo suficiente para abrir los ojos.

Intenta levantarse. Pedir ayuda.

Y entonces unos fuertes brazos le arrancan del suelo como si fuera un trozo de bacalao que se desmenuza sobre una pala de pescado. Por un instante, apenas un segundo, mira a su atacante a los ojos.

Luego, percibe la sensación de fuga. De un apresurado y torpe descenso. De una ráfaga de aire helado. Del viento en los oídos y el agua en la espalda.

Un golpe seco. El impacto le machaca los huesos y le aplasta los pulmones contra la cubierta de un pequeño bote de madera que se balancea sobre un agua color cerveza.

Sus ojos, abiertos con dolor a intervalos, permiten a sus embotados sentidos un atisbo de la desaparición del barco. Siente el vaivén, el balanceo de un insignificante bote salvavidas en un océano gigantesco.

Está demasiado cansado para convertir sus recuerdos en imágenes, pero mientras el frío le envuelve y la luna parece desvanecerse tiene un vago recuerdo de algo familiar.

De haber pasado por esto antes.

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