Jamás escribiría sobre Assange y Snowden, no son unos héroes

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Desde su refugio en Sag Harbour, Long Island, donde vive desde hace veinte años, Alan Furst (Manhattan, 1951) recuerda con nostalgia su ajetreada vida: hijo único de unos padres mayores, se acostumbró a vagabundear por Nueva York, y a amar desesperadamente su ciudad. Estudió literatura y antropología con Margaret Mead, y al acabar sus estudios universitarios condujo un taxi, escribió poesía, dio clases en la universidad de Pensilvania State y acabó enseñando inglés en la universidad de Montpellier.
A su vuelta, se instaló en Seattle, comenzó a escribir novelas de espías y a colaborar en revistas como “Esquire” antes de trasladarse a París, donde estuvo trabajando para el International Herald Tribune siete apasionantes años que se reflejan en todas sus novelas. Traducidas a dieciocho idiomas, en España Seix Barral ha publicado, entre otras, Espías de los Balcanes, 2012; Soldados de la noche, 2010, Los espías de Varsovia, 2009 y Un oscuro viaje, 2008.
Furst reconoce que cada uno de los libros publicados hasta el momento son como capítulos de una novela global que sigue creciendo hasta convertirle, según el New York Times, en el más importante creador de novelas de espías actual, con permiso de Le Carré. Sin embargo, y a diferencia del maestro inglés, sus novelas se ambientan en el periodo previo a la II Guerra Mundial (1933) hasta 1944, cuando la derrota del nazismo comenzaba a parecer inevitable. Un tiempo lleno de héroes, causas perdidas, idealismo…
Asegura Furst que jamás le ha interesado escribir sobre la guerra fría, con dos bandos claramente diferenciados, los buenos (Occidente), los malos (la Unión Soviética y sus satélites) y los peligrosos infiltrados, esos topos que tanto juego dieron al propio Le Carré por su ambigüedad moral y extraños principios, que les llevaban a traicionar “para ser leales”. Tampoco sobre el presente, surgido tras la caída del Muro y el 11-S, que desvelaron nuevos aliados y nuevas amenazas, mientras las operaciones de los servicios secretos, al límite de la ley, se convertían en carne de periódico.
Idealismo y causas perdidas “Todo resulta muy confuso -subraya el escritor neoyorquino-. No podemos comprender los mejores ni los peores momentos de la actualidad porque nos faltan claves sustanciales, mientras que en la novela todo debe salir bien y no puedes dejar cabos sueltos. Mi trabajo es una mezcla de las dos, aunque los buenos ganan siempre y en la vida real no suele suceder: demasiado a menudo los villanos se salen con la suya, las víctimas no encuentran reconocimiento ni consuelo. Pero, creame, hay personajes actuales sobre los que jamás escribiría una línea”. -¿Como Assange y a Snowden, por ejemplo? -Desde luego. Jamás. Ninguno de ellos es un héroe, todo lo contrario, así que no me puedo imaginar una novela sobre semejantes sujetos. La razón por la que ambiento mis novelas en los años 30 y 40 del siglo pasado es que las personas involucradas en el espionaje entonces estaban impulsadas por el idealismo, equivocado o no. Hoy en día, individuos como Assange y Snowden parecen estar jugando para sus amigos, es muy diferente. Lo que quieren es causar el mayor daño posible y camuflarlo bajo el disfraz de ‘el público debe saber’. Sin embargo, si se leen sus declaraciones, sus motivos parecen cada vez más sospechosos y algunas afirmaciones de Snowden, por ejemplo, suenan un poco extrañas, incluso infantiles. -¿Se imagina qué podrían hacer con una trama así Le Carré o Graham Greene? -Seguramente Le Carré escribiría una buena novela, pero tendría que cambiar bastante las circunstancias que rodean al protagonista, de manera que retratase a un individuo aislado, atormentado por las dudas, hasta convertirlo en alguien que el lector pudiera aceptar. En cuanto a Greene, intentaría justificarlo por razones religiosas o espirituales, pero en realidad no creo que los problemas actuales le interesasen demasiado.
El Ipad, una ventana al mundo -¿Somos tan vulnerables como parece por culpa de internet? -Creo que sí, pero tendríamos que ser conscientes de lo que hacemos y de cómo y para qué, porque somos nosotros mismos los que nos colocamos en esa situación. Muchos de los personajes públicos  que se han metido en problemas en las redes estaban usando las cámaras de sus iPhones. ¿Llegaron realmente a convencerse de que cualquier cosa que grabaran seguiría conservaría su privacidad? Internet es muy útil, pero las nuevas tecnologías fomentan nuestra vulnerabilidad: el móvil, el iPad, son ventanas abiertas a todo el mundo.
Confiesa Furst que él sólo acude a internet para comprobar algún dato, pero que sigue trabajando en una vieja máquina de escribir, en el garaje de su casa, y que la base real de su obra es la investigación. Así, para escribir Espías en los Balcanes pasó apenas un par de días en Salónica, pero estuvo “seis meses con la nariz metida en libros sobre Grecia. Así me impregno de la naturaleza del lugar sobre el que quiero escribir”. Su secreto, subraya “son los libros. Libros que compro todo el tiempo sobre el periodo acerca del que estoy escribiendo. Es algo adictivo, puede creerme, no hay nada como leer páginas y páginas sobre acontecimientos olvidados pero extraordinarios que sucedieron en un momento decisivo. El periodo que me apasiona, 1933-1944, es fascinante. Por eso mi único secreto es el trabajo duro, leer y leer hasta que llego a comprender las circunstancias en las que pudieron desarrollarse los hechos lo suficientemente bien como para que resulten creíbles.
-¿Y qué está escribiendo ahora? -Una novela sobre la guerra civil española, vista desde la perspectiva de los españoles refugiados en París. No puedo contarle mucho más, excepto que este libro estará relacionado con mis obras anteriores, y que, como siempre, volverán a aparecer alguno de mis personajes, conocidos ya por mis lectores. -¿Volverá a dar protagonismo a las víctimas? -Desde luego. Como he explicado a menudo, me interesan sobre todo las víctimas, tanto como los héroes y los villanos. A pesar de los optimistas, la naturaleza humana no cambia. -Más allá de la documentación, ¿cuántos de sus personajes son homenajes a gente real? -Bueno, se basan en muchas personalidades; suelo tomar un rasgo de aquí, otro de aquel, hasta que se convierten en gente que fácilmente podría haber existido, aunque no, no son reales. Por ejemplo, la gente fuma cigarrillos en mis libros, porque entonces era lo habitual. Pero lo más importante para acentuar el carácter realista de  personajes de ese periodo es que no conocían el futuro, así que tenían que trabajar con lo poco que sabían gracias a los periódicos y la radio.
Admirador de Le Carré y Greene y Ambler, Furst se considera un autor humanista, “heredero de la rica tradición cultural europea” y un apasionado “admirador de Joseph Roth, Isak Babel y George Orwell. Aprendí mucho leyendo a Anthony Powell y a Hemingway, que era un excelente escritor y un gran maestro. ¿Seguidores? La verdad es que no leo novela contemporánea, así que no lo sé y, la verdad, no me importa demasiado ”.

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