Marc Pastor (Bioko) una novela de aventuras que no le hace ascos al género negro ni al fantástico.

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El último replicante

Su amor por Indiana Jones y la cultura de videoclub le ha conducido a “Bioko” (Planeta / Amsterdam), una novela de aventuras que no le hace ascos al género negro ni al fantástico. Pero, más allá de ese gesto omnívoro, Pastor es un hombre que ha estado dos veces en brazos de la muerte y que, “gracias” a su trabajo para la policía científica catalana, ha testimoniado cosas que desearíamos no creer sin necesidad de irse hasta la dichosa Puerta de Tannhäuser. texto y foto MILO J. KRMPOTIC’

En lo que a Marc Pastor respecta, no hay más que plantarse sobre el felpudo a la puerta de su domicilio, ver cómo los zapatos de uno se restriegan sobre la efigie de Darth Vader, para otorgarle la entrañable categoría de friki. El barcelonés escribe por diversión, tal y como disfruta sacando fotos protagonizadas por su colección de muñecos de La Guerra de las Galaxias. Pero, a medida que la charla avance, la catarsis saldrá a nuestro paso. En 2005, mientras luchaba por dar con el tono de su segunda novela, La mala mujer, sufrió un episodio cardiaco que obligó a los médicos a detener su corazón. Tras ser reanimado, pasó tres días en una cama de hospital, sabiendo que podía morir en cualquier momento: “Tenía la sensación de que la Dama de la Guadaña, la de Padre de familia, además, estaba sentada a mi lado. Y al salir del hospital supe cuál tenía que ser el narrador del libro: la Muerte”. Dos novelas más tarde, eso ha vuelto a ser Bioko: un jugoso festival de género recorrido por turbulentas corrientes subterráneas.

Aventura pura y dura

Bioko es una especie de Victus elevado a Félix J. Palma. ¿Cómo ve esta pequeña confluencia de títulos dentro de géneros que parecían tan ajenos a nuestro panorama como el de aventuras o el fantástico?

Lo tengo clarísimo: es generación 1970. Gente que hemos crecido con el videoclub, que compartimos una serie de influencias tanto literarias como visuales y, sobre todo, el hecho de que no renegamos de ellas. Chavales que de pequeñitos alquilábamos películas polvorientas y nos lo comíamos todo. Pero creo que no es exclusivo de aquí, sino que pasa a escala planetaria. ¿Por qué, si no, J.J. Abrams tiene el éxito que tiene? Siempre se recicla. Coppola y Spielberg también reciclaron las películas que vieron. Yo hablo mucho de cine, ya ves.

Y, en términos literarios, ¿de dónde procede su reciclaje?

Cuando era pequeño había dos tipos de lecturas: las que se suponía que tenía que leer, como los Hollister, y las que yo escogía. Y me pasaba el patio del colegio leyendo a Stephen King. Se daba esa especia de esquizofrenia. Además, mis padres eran de Círculo de Lectores, así que en mi casa entraba todo lo que era best seller, desde Robin Cook hasta Dean Koontz, Patricia Highsmith, Agatha Christie… lo que estuviera de oferta ese mes. Y a mí me caía todo. No tienes criterio, no cribas nada, pero todo sirve para ir acumulando.

¿No temió que las ilustraciones le dieran al libro un tono demasiado juvenil, tratándose además de una novela de aventuras?

Era un riesgo, pero queríamos recuperar una estética diferente, más pop y fresca. La idea principal era hacer gráficamente una novela como las de las antiguas colecciones de Julio Verne, Emilio Salgari… Y tenía claro que quería a Oriol Malet, que si no es el mejor ilustrador que hay en Cataluña por lo menos sí es de los mejores. Le dije: “Mi idea es esta, pero quiero que sea también tu novela”. Y él evolucionó el concepto más clásico hacia términos de novela gráfica. Es arriesgado, me gusta, y me alucina que la editorial haya aceptado ese manchurrón de sangre en la portada. Es algo rompedor. Estoy cansado de que todas las portadas sean parecidas y sigan los mismos clichés.

Antes no los ha citado como influencia, pero la sombra de Verne y Salgari es, en efecto, muy notable.

A Salgari lo pillé más tarde. Pero atravesé una fiebre Verne cuando era pequeñito. Mi abuela tenía sus libros, aquellas adaptaciones ilustradas, y lo recuerdo con muchísimo cariño. El tacto de los volúmenes, la emoción que implicaban. Y me parece muy curioso que un chaval que en el año 1983 u 84 iba al cine a ver Regreso al futuro, en novela disfrutara con exploradores del siglo XIX que se van a Islandia a meterse en un volcán.

Y en Bioko ha mezclado ambas esferas…

Evidentemente, eso tenía que salir. Verne y Conan Doyle, ese espíritu de aventura pura y dura, han estado presentes en todas mis novelas. Y este es el caso más evidente, con referencias directas y todo.

Ponerse el uniforme

¿Qué le conduce a hacer de Fernando Poo escenario a la vez que personaje de la obra?

Fue de casualidad. Tengo seis o siete proyectos en la cabeza y es como el tambor de un revólver: cuando acabo de disparar, lo muevo y el proyecto que aparece es el que toca. Así, tras El año de la plaga, salió el primer caso de Moisés Corvo. El mismo personaje de La mala mujer pero con 18-19 años, ver cómo era de joven y cómo acaba convirtiéndose en lo que es más tarde, ver su evolución. Y como de él se dice en La mala mujer que ha estado en África y ha visto atrocidades, pensé en hacer una novela colonial al estilo de Amanecer zulú, con mucho uniforme y mucha frontera. También es una constante de mis novelas: la frontera, la posibilidad de caer a un lado u otro, el estar siempre en el límite. Comencé pensando en ambientar la historia en el Rif para meter a Moisés en un desierto. Y, leyendo sobre el África colonial, llegué a Fernando Poo. No sabía nada de ella, de su historia. Pero recuerdo perfectamente el día en que, buscando por internet, leí: “Fernando Poo, colonia penitenciaria”. Y ahí saltaron todas las alarmas. Me ofrecía tantas posibilidades… y al mismo tiempo era un reto, porque no sabía nada al respecto.

“La gran mayoría de novela negra hace agua por todos lados.”

¿Cómo fue el proceso de documentación?

Hubo una serie de casualidades que me indicaron que iba por el buen camino. Me suele pasar. Cuando estaba trabajando en El año de la plaga hubo el tema de la gripe A, que me hizo rescribir mucho. Aquí, vi que tenían información en la biblioteca de Santa Coloma. Era un sábado por la tarde y cogí el metro para ir hasta allí. Pero me perdí por el camino, me metí en una callecita donde había una librería, y la librería tenía un escaparate dedicado al África colonial con una colección de novelas sobre Fernando Poo. Cogí un par, comencé a leer y a la mañana siguiente, cuando ya se me habían despertado todos los instintos y me estaba imaginando en la jungla, puse la tele y estaban dando un documental sobre Fernando Poo. Lo decidieron por mí. Y ahí comenzó un proceso de documentación exhaustivo. Antes de ponerme a escribir una sola línea necesito sentirme seguro. También volví a Kipling, a Conrad, a Verne… para tener el tono, el color, empaparme de ello y meterme en el uniforme de infante de marina.

¿Qué es lo que le atrae tanto del personaje de Moisés Corvo?

Es el primer personaje que me sale respondón, que coge vida. La mala mujer, cuando hablaba Moisés, se escribía sola. Si hay una cosa que no soporto es la repetición, coger una fórmula y repetirla. La gente me pedía que escribiera La mala mujer 2. Pero eso es aburrido. Quería coger al mismo personaje y llevarlo a un ambiente y una época completamente diferentes. Que tuviera la esencia pero fuera más inocente, para poder pervertirlo. Y resultó mágico, porque desde la primera frase mismo fue como si Moisés hablara. Estaba ahí. Es una especie de esquizofrenia que debo de tener en mi cabeza, que está ahí latente, y que me da la posibilidad de ser gamberro y a la vez noble.

¿Se ve siguiendo con él?

De momento, no. Lo utilizaré como secundario, pero no hay ningún papel protagonista reservado para él. Aunque sabe que tiene abiertas las puertas de mi casa.

Bioko mezcla las aventuras a lo Indiana Jones de su primer libro, Montecristo, con un personaje del segundo. ¿Cómo se integra, dentro de este escenario de tres obras interrelacionadas, El año de la plaga?

El año de la plaga parece la más alejada de este universo, aunque tiene a Irene Corvo, que es una sobrina-nieta de Moiséis. Pero más adelante hay una novela en la que se junta todo.

¿Y cómo se vive con seis novelas en la cabeza?

Es extremadamente divertido, porque eres Dios. Puedes hacer lo que quieras con ellos. Ya desde Montecristo quería que los personajes se fueran desarrollando en diferentes novelas con diferentes géneros. Lo planifiqué con tiempo para que resultara más placentero. Y El año de la plaga tiene una explicación que la hace compatible con el “Mundo Corvo”. Víctor Negro, el protagonista, volverá a aparecer investigando el tema de los viajes en el tiempo.

Ya que repasamos su carrera, de entre todos los casos criminales que ha amparado Barcelona, ¿qué le atrajo hacia el de Enriqueta Martí?

La sorpresa. Y la ignorancia. No sabía nada de ella. Una noche estaba escuchando el programa de Íker Jiménez y hablaron de “la vampira de Barcelona”. Era 2004 y descubrí la traslación de Jack el Destripador a Barcelona. Comencé leyendo sobre el tema por pura curiosidad. Luego, cuando la estaba escribiendo, en 2006, comenzó el boom gracias a un artículo de El País. Y la llevé a mi terreno, haciendo una especie de Poe mezclado con western y ambientado en Barcelona. Desde un principio lo llamé “un western de terror policial”. Y me tiré a la piscina.

Sangre muy real

¿Cómo es la existencia cotidiana de un policía científico?

Menos glamourosa que en CSI. Es, básicamente, trabajo de mañanas o de tardes, con lo cual cuando trabajo por la mañana escribo por la tarde y viceversa, y duermo muy poco… Estoy en la unidad territorial de Metropolitana Sud y nos dedicamos a homicidios, atracos, butrones, agresiones sexuales, delitos de cierta relevancia. Y es lo mismo que ves en CSI solo que con más luz, un poco más de 42 minutos por caso… e igual de medios no vamos tan sobrados como ellos, que aquí somos empresa pública. Pero, aparte de eso, cualquier cosa que hayas visto en la serie: cuando hay un homicidio vamos a recoger las huellas, las muestras genéticas, las fotografías, croquis, las manchas de sangre… Es lo mismo: nos dedicamos a pillar a los malos.

¿Y cuando ve Dexter o CSI, se pone a señalar sus errores?

No, no, me pasa más con las novelas. Con las películas entiendo que hay que simplificar muchísimo. Pero en las novelas, donde el autor tiene espacio para explayarse, me molesta más. La gran mayoría de novela negra hace agua por todos lados. Hay muchos que lo hacen bien, pero como se hace tanta… Lo que antes era el detective solitario y bebedor, ahora es el policía científico, el cliché es el mismo y esto no funciona así. Sociedad negra, de Andreu Martín, es por ejemplo impecable. Los mecanismos de investigación, procedimentales del caso, están tal como son en el mundo real. Otro referente: The Wire es la realidad, tiene todas las partes que generalmente se omiten, como cuando vas al juez a pedir una escucha y no te la da.

Es una realidad profesional difícil. ¿La exorciza a través de sus libros?

Tengo una serie de reglas básicas y una es no escribir sobre casos en los que haya participado. Por principios éticos, porque seguramente aún hay gente afectada y, aunque haya sido juzgado y los detalles sean públicos, que pueda conseguir un provecho a costa del sufrimiento de una persona me parece fatal. Pero lo que vivo, evidentemente, lo meto en la licuadora. Y hay cosas en mi trabajo tan literarias que es imposible no escribir sobre ellas. La reacción de una víctima, la forma de comportarse de un asesino, una escena del crimen… cojo estos detalles y voy componiendo otras escenas. En el caso de La mala mujer, ¿cómo me metía yo en la cabeza de una asesina de principios de siglo XX? Y justamente hubo el caso de Remedios Sánchez, “la mataviejas”. Estuve involucrado en la investigación, fue quizá el caso más bestia en el que he estado nunca, la persecución de una asesina en serie muy violenta, y me di cuenta de que se parecía mucho a Enriqueta. Y la frustración que sentíamos al no conseguir detenerla, los callejones sin salida, las mentiras de la gente (no voluntariamente, pero adaptan la realidad aunque sea con la intención de ayudarte, )… quise reflejarlo. Luego pude conocer a Remedios, mirarla a los ojos, y de allí saqué a Enriqueta.

Y en Bioko hay unas escenas de sangre muy duras, muy…

Muy reales, sí. Estaba documentándome y pasó el atropello de San Juan [trece personas fallecieron arrolladas por un tren Alaris en Castelldefels]. Yo estaba de guardia y así como aprendí mucho, quizá también fue la noche más dura de mi vida. Vi cosas que cuesta mucho digerir. Y a la vez era mi trabajo, estaba haciendo lo que me gusta, pero en unas condiciones muy duras. Cuando llegué a casa por la mañana rompí a llorar. En la novela hay una escena muy bestia de una matanza y de fondo se oyen cánticos y fuegos artificiales. Eso está sacado directamente de la realidad. De estar en el peor sitio del mundo, en el infierno, rodeado de horror, de cadáveres, e ir caminando por las vías bajo los fuegos artificiales y ver que a dos metros de ti hay gente bailando porque es la verbena de San Juan…

En tiempos recientes, los Mossos d’Esquadra han protagonizado diversas polémicas. La incomodidad de Moisés Corvo respecto a sus compañeros de armas, ¿refleja alguna de sus sensaciones?

No tanto el sentirse incómodo con los compañeros del Cuerpo, pero sí hay una escena en la que hay un motín y Moisés ve que la gente a la que está protegiendo se pone en contra de él. Los días siguientes a las manifestaciones, cuando ves en Facebook a todo el mundo, incluso a amigos tuyos, que no paran de colgar vídeos contra los Mossos… quería escribir sobre eso. Decir que estoy de vuestro lado, que estamos de vuestro lado, y que ese rechazo es muy duro.

Es la generalización rápida, pero siempre hay manzanas podridas.

Cuando hay comportamientos incorrectos entiendo que se denuncie, porque al primero al que perjudica es a mí. Lo que me molesta es la generalización constante en contra de la policía. Cuando hay un pico de odio, me paso una semana de mala leche. n

http://www.que-leer.com/20408/entrevista-a-marc-pastor.html

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