Arnaldur Indridason o cómo quedarse helado por un crimen sin sentido

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Tan despiadado e inexorable es el frío que asola Islandia como el crimen que Arnaldur Indridason relata en su última entrega del inspector Erlendur Sveisson, Invierno ártico (RBA, traducción de Enrique Bernárdez Sanchís). La oscuridad se cierne sobre el lector desde las primeras líneas: “El edificio era tétrico y carecía de todo asomo de vida en la oscuridad de los días más cortos del inverno”. El autor centra la acción en Reikiavik, en una época del año en que solo es de día –apenas una penumbra clara-  unas dos horas. Elías, un niño de origen asiático de diez años, aparece apuñalado cerca de su casa y en estado de congelación.

Con una prosa sencilla, sin concesiones, Indridason  nos sumerge en las profundidades de la sociedad islandesa, con la xenofobia y la falacia del multiculturalismo como telón de fondo, para llegar a la conclusión de que el crimen contra ese niño es tan absurdo, tan incoherente, que congela el alma del lector tanto como el inverno ártico hiela la sangre.

Indridason comenzó las andanzas del inspector Erlendur Sveisson en 1997 con la publicación en Islandia de Synir duftsins (Los hijos del polvo). Pero el reconocimiento internacional  le llegó en el año 2000 con Las Marismas, el primer libro del autor publicado en España (2006). Después vinieron La voz, El hombre del lago y la extraordinaria La mujer de verde.

El comisario Erlendur es un personaje solitario y huraño, pero compasivo. No escucha música, no va al teatro ni al cine, apenas  tiene amigos ni vida social y sólo se relaciona con sus compañeros de trabajo, Elínborg y Sigurdur Óli. Tiene una conflictiva relación con sus hijos, Eva Lind, drogadicta, y Sindri Snaer, alcohólico, a los que abandonó cuando eran niños tras divorciarse de su madre.

En La Voz conoció a la que ahora es su novia, Valgedur, una mujer culta, amante de la ópera y del teatro (“En una ocasión, ella consiguió llevarle a rastras al teatro, a ver algo de Ibsen” Invierno  ártico). Solamente tiene un amigo, Marion Briem, su antiguo superior y, en cierta manera, su conciencia. Indridason  ha jugado desde el principio al despiste sobre el género de este policía retirado amigo del comisario: no especifica si se trata de un hombre o una mujer, y su nombre, Marion, no aclara demasiado.  Pero curiosamente en esta última novela se le escapa un “la” al referirse al amigo/a del inspector:  “-¿Qué música es esa?- preguntó Marion. Los analgésicos la habían aturdido.” Como la que esto escribe no habla islandés, no sabe si se trata de un error de traducción o de una pista intencionada del autor.

Clima y ánimo oscuros

Los escenarios de las novelas de Indridason, que resultan extraños para un lector mediterráneo, están marcados por un clima que se confunde con el estado de ánimo del inspector. “Estos días tan oscuros” reflexiona Erlendur, sin saber muy bien si se refiere a la crudeza del clima o la pérdida de fe en la condición humana.  Para este policía las desapariciones son “un crimen típicamente islandés”. El comisario tiene la teoría de que los islandeses no se preocupan demasiado por las desapariciones. “En la mayoría de los casos, estaban convencidos de que sus causas eran ‘naturales’, buena explicación en un país con un índice de suicidios relativamente alto”, relata Indridason.  Y continúa : “Erlendur iba más allá y relacionaba la indiferencia que provocaban las desapariciones con una idea generalizada en la nación que tenía sus orígenes cientos de años atrás, en las peculiaridades de Islandia, en las durísimas condiciones climáticas del invierno, cuando la gente se perdía y desaparecía como si se los hubiera tragado la tierra. Nadie conocía mejor que Erlendur las historias de personas desaparecidas en lugares despoblados. Su teoría era que, al amparo de esa indiferencia, era relativamente sencillo cometer un crimen”.

Y el comisario sabe mucho de desapariciones: su vida está marcada por la desaparición de su hermano en medio de una gran ventisca cuando ambos eran niños. Desde entonces el sentimiento de culpa y el sufrimiento se convirtieron en sus compañeros de vida. Por esta razón y buscando respuestas,  lee casi exclusivamente relatos de infortunios y desapariciones en travesías de montañas y páramos, siempre con el duro clima islandés como protagonista.

Erlendur significa forastero en islandés y así se siente, extraño, extranjero en su propia ciudad, en su relación con los demás.  Representa a la Islandia antigua y a unos valores que se están perdiendo en la sociedad actual.  Y de ahí su apego a los manuscritos medievales, algo que los islandeses justifican diciendo que es en las sagas donde radica la esencia de su isla remota. “Caras del pasado, había dicho Erlendur. A veces decía cosas que a Sigurdur Óli no le gustaban porque no las comprendía, algo sacado de esos viejos relatos y que era lo único que parecía interesar a Erlendur. Un abismo separaba las ideas de ambos. Mientras Erlendur estaba en su casa leyendo poesía o folclore islandés, Sigurdur Óli se sentaba delante del televisor a ver series americanas de policías con un cuenco de palomitas sobre las piernas”.

Mediterráneos y nórdicos

Para los interesados en la novela negra islandesa y en las leyendas de la isla es muy recomendable la novela de Viktor Arnar Ingólfsson Flateyjargáta (El enigma de Flatey), por desgracia no traducida al español  pero sí al inglés o al alemán, que tiene como línea argumental El libro de Flatey, un manuscrito medieval que nos introduce en un apasionante mundo desconocido. Erlendur ocupa un puesto de honor en el pódium de los policías nórdicos más atractivos junto a Kurt Wallander , el desencantado detective del sueco Henning Mankel , y Harry Hole, el alcohólico inspector del noruego Jo Nesbo. Hombres solitarios, desengañados, con situaciones familiares desestructuradas, obsesionados con ciertos aspectos de su pasado… que viven solos, beben café a todas horas y comen fatal.

Contrastan frente a ese otro pódium de inspectores mediterráneos, en el que sin ninguna duda-en opinión de la que esto escribe- el siciliano Montalbano , el maravilloso personaje de Camillieri, se lleva los laureles, seguido del extraordinario Jaritos, el policía del griego Markaris, y el veneciano Brunetti de Donna Leon. Hombres rodeados de sol, de luz, de familia, de amigos, que solucionan un mal día, un mal caso ante una buena mesa.  Aún así merece la pena morirse de frío leyendo el “Invierno ártico”.  “Caído estoy en tierra, helado, no puedo librarme…”

https://esparregueranegra.wordpress.com/2013/05/02/1004/

http://blogs.elpais.com/elemental/2013/05/arnaldur-indridason-o-como-quedarse-helado-por-un-crimen-sin-sentido-.html

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