Minutos negros: dos detectives y el narcotráfico en México

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Siluetas de dos víctimas expuestas en el Museo de Ciudad de México (AFP)

Al escritor argentino Rodrigo Fresán, excelente lector, gran editor, le gusta definir lacolección Roja y Negra que dirige en Mondadori como una colección de cromos, de estampas, de un niño pequeño que va atesorando distintas piezas de un tesoro. La sección narcotráfico, corrupción y otras lindezas mexicanas ha tenido el honor de recaer en Los minutos negros, excepcional primera novela de Martín Solares (México DF, 1970) editada ahora en España por Mondadori.

La novela, ambientada en la imaginaria ciudad de Paracuán, símbolo de tantas localidades mexicanas, muestra los límites de la lucha contra el narcotráfico y el crimen como ya han hecho, entre otros, Elmer Mendoza, y los efectos de un combate desigual que termina contaminándolo todo.

Ramón Cabrera, el Macetón, es un policía más o menos honrado. Mucho más que otros compañeros suyos. Le gustaría ser otra cosa, claro, pero es policía y se topa con la muerte de un joven periodista, Bernardo Blanco, que investigaba unos crímenes ocurridos hace veinte años en la ciudad: el secuestro y la muerte de varias niñas pequeñas. Con este sencillo planteamiento, Solares extiende una compleja red narrativa a caballo entre mediados de los noventa y mediados de los setenta donde otro policía, Vicente Rangel, un buen agente que también quería ser otra cosa, investigó los mismos crímenes.

Los ingredientes están claros: Policías honrados, pocos, que siempre andan al borde de la ley y desprestigiados por sus compañeros; policías corruptos, muchos, con un peculiar sentido de la ley y un gusto por el dinero que sólo se consigue pasando al otro lado; un narcotráfico incipiente en los setenta, pero ya tan poderoso como para conseguir con los políticos obligasen a la policía a mirar a otro lado si les molestaba en sus negocios. ¿Y los políticos? Pues a lo suyo: a comprar voluntades y silenciar voces molestas, las de esos periodistas que pueblan la novela y que son las primeras víctimas o las de esos policías extrañamente ajenos a la corrupción.

Solares, que para mi gusto carga demasiado las tintas en ciertos pasajes un poco surrealistas, nos regala una narración melancólica y trepidante en la que las voces de Macetón, la de Rangel y la de un tímido jesuita con demasiado gusto por el vodka se alternan para describir un universo corrompible y corrompido en el que ni las vidas de unas pobres niñas secuestradas valen más que la tranquilidad de los poderes fácticos.

¿Y qué pueden hacer los policías en este panorama? Hace unos meses, hablando con Elmer Mendoza en Madrid sobre su personaje, el detective Edgar El Zurdo Mendieta, y el hecho de que a pesar de ser un buen policía fuera amigo de la jefa del cártel del Pacífico, el escritor sinaolense me decía: “Los policías están expuestos a numerosas tentaciones y por eso es fácil que nuestra policía se corrompa. Ser buenos es como contravenir cierta tradición de convivir con la delincuencia y es casi como firmar una sentencia de muerte. Vivir cruzando de vez en cuando la línea de la honestidad es lo que les puede garantizar que llegan a la jubilación. De otra manera están condenados. Es lo que Mendienta comprende al final”.

Con Los minutos negros, que está rematada con un excelente final, Solares se estrenó en la novela y consiguió ser finalista, en 2007, del Rómulo Gallegos. Dejo, para terminar, una breve loa del escritor estadounidense Junot Díaz, que algo sabe de esto:

“Una obra maestra literaria con la apariencia de novela policial, nada de lo que he leído este año se le acerca. Martín Solares hace por la literatura latinoamericana lo que Eduardo Lago hizo por la literatura española con su monumental Llámame Brooklyn”.

https://esparregueranegra.wordpress.com/2013/04/17/los-minutos-negros-martin-solares/

http://blogs.elpais.com/elemental/2013/04/minutos-negros-dos-detectives-y-el-narcotrafico-.html

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